Entro en una página de coaching de prestigio y me encuentro mensajes como éstos: “Conocerse a uno mismo para liderar a otros”, “Como hacer que tu equipo sea un equipo comprometido”, “¿en qué situación actual puedo aplicar lo aprendido a la gestión de mi equipo?”. Me entra una profunda desilusión. Implícitamente, todos estos mensajes comparten la idea de que, en un equipo, hay personas superiores a otras y que ciertas personas necesitan que otros les guíen y les lideren. Y la mera idea me parece tan bochornosa como cuando veo a Ronaldo en mitad de un campo de futbol gritando a sus compañeros lo que tienen que hacer. Menuda falta de respeto. ¡Cómo si no lo supieran! Si les han fichado por ser, supuestamente, los mejores del mundo en su puesto.

El gran problema es que nos hemos acostumbrado a que el Cristiano Ronaldo de turno nos diga lo que tenemos que hacer, que deleguemos en él toda nuestra responsabilidad para, si algo falla, echarle luego toda las culpas. El plan es perfecto. Siempre hay personas que quieren ser héroes (perdón, quería decir mandar) y siempre hay personas que se sienten más cómodas en medio de la masa que sigue. Así que triunfan los programas de coaching que prometen “Cómo ser un buen jefe”, con recetas como “el recibir un reconocimiento positivo puede cambiar la vida a una persona”. Desde luego, si te dedicas a ir por la oficina repartiendo palmaditas en la espalda, te crearás la imagen de un jefe cercano y “empoderarás” a los integrantes de tu equipo (eso sí, también los harás dependientes de tus alabanzas). Parece bonito, pero ¿qué pasará en un momento de crisis? ¿vas a seguir con las muestras públicas de apoyo al que no haga lo que a ti te gusta o cómo tu quieres?

No, seguirás tomando tú finalmente las decisiones.

Esa es la trampa de todo aquello que pone la palabra liderazgo por delante, como liderazgo auténtico o liderazgo participativo.

La mejor forma de desarrollar personas es dejar que tomen ellas mismas las decisiones. Ya verás como están motivados. ¿A qué cuesta “superjefe” dejar de mandar?  Y, a la única persona del mundo a la que podemos cambiar es a nosotros mismos. ¿Qué tal si dejas de controlar un poquito todo y empiezas a confiar?

El post-liderazgo no va de cómo ser un buen jefe, sino de que todos seamos un buen jefe, al mismo nivel. No va de empoderar a otras personas, sino de reconocerlas, aceptarlas y tratarlas como las personas poderosas que son (igual que tu). ¿Acaso el portero no sabe qué hacer cuando tiene en frente al delantero rival? Mucho mejor que el Ronaldo de turno. ¿Acaso no quiere ganar la Liga tanto como tú?

Si quieres ser saber cómo ser un buen jefe, pregúntate primero cómo se toman las decisiones en tu organización o tu equipo.